El miedo a visitar al ginecólogo. Por qué se demora la primera consulta, aún entre las chicas más grandes. Pudor y prejuicios.

Gentileza Lic. Diana Resnicoff. Fuente. Clarín, octubre 2006.

La moda adolescente del ombligo al aire y calculada exhibición de la ropa interior hacen creer que las chicas se han adueñado de su cuerpo, pero los datos de los servicios de salud desmienten estas impresiones. Adolescentes y muchachas jóvenes tienen vergüenza de ser revisadas por el ginecólogo y a pesar de la información disponible, no conocen sus derechos ni la oferta médica.

No tan liberadas

La actitud de una parte significativa de las jóvenes de 20 a 30 años frente a su salud sexual no es la esperada. El pudor y el miedo dominan a muchachas universitarias como Natalia, una estudiante de ciencias biológicas que trabaja, vive sola y confiesa que, ahora, a los 23 años fue por primera vez al ginecólogo. "Para mi era un tabú. Tenía miedo a que me toque y a que me haga preguntas indiscretas sobre mi vida sexual". ¿Es un caso raro? Nada de eso. "De seis amigas que somos, tres no conocen la consulta ginecológica y entre las que no fueron nunca, hay una que está casada".

Flujos, infecciones y las molestias del síndrome premenstrual se resuelven buscando información por Internet o preguntando a las amigas, según informa el Centro Latinoamericano de Mujer y Salud, que tiene una línea de atención gratuita. También las pastillas anticonceptivas son usadas lejos del control médico en la mitad de los casos. Uno de cada tres llamados que recibe ese centro se motiva en preguntas acerca de cómo tomar las pastillas. Mitos sobre efectos adversos y sobre la necesidad de hacer descansos disminuyen la seguridad del método que, bien administrado, es eficaz casi un 100%.

En cuanto a las infecciones, las jóvenes eluden la consulta invocando el pudor y el miedo al maltrato. Después de haber advertido un bulto en el periné, Natalia postergaba la consulta porque "pensaba que me iban a preguntar si tengo relaciones con varios hombres, o qué posiciones practico", confiesa.

El miedo al dolor provocado por un tacto intrusivo también es mencionado por las más jóvenes. Para Andrea Gómez, psicóloga y sexóloga, en esos temores se pone de manifiesto que todavía hay poco conocimiento de los genitales. "La vagina es un espacio virtual, un espacio que se abre cuando entra algo. Las mujeres no suelen saber hasta donde llegan el tampón o el pene, y por eso temen al instrumental ginecológico, que no tiene una dimensión mayor. Las mujeres que tiene conciencia de su vagina no tienen tantas fantasías y no se asustan ante un control". Es lo que dice Florencia, de 22 años: "tenemos relaciones sexuales, probamos los placeres de la vida adulta, pero cuando hay que ir a revisarse y dejarse tocar, no somos tan cancheras".

El inicio de la vida sexual, que en nuestro país ocurre entre los 16 y los 19 años para la mitad de las chicas, es también el comienzo de la revisión ginecológica anual, dice Carina Isso, médica ginecóloga del Centro de Salud y Acción Comunitaria del Hospital Pirovano. Las adolescentes eluden estas visitas anuales en las que además del seguimiento de su desarrollo, pueden consultar las dudas acerca de su sexualidad, pedir un anticonceptivo adecuado (y si es el Diu, obtenerlo gratuitamente) y pasar por la revisación de las mamas y la vagina. Aunque a partir de los 14 años tienen derecho a la atención gratuita en todos los hospitales y centros de salud del país, no conocen ni hacen demasiado uso de este derecho, que también les garantiza la entrega de anticonceptivos. "Cada vez vienen más con la mamá", dice Ada Di Notto, médica del Servicio de Ginecología Infanto Juvenil del Clínicas. "En ese caso, después de recibirlas, le pedimos a la mamá que se retire un rato, para atender a las chicas a solas y asegurarles el secreto médico". Las chicas suelen decir en la línea telefónica del Celsam que las intimida el dolor que pueda provocar el instrumental ginecológico, "pero nunca se hace el examen de la vagina con instrumentos si no hubo relaciones sexuales", asegura Di Notto, también presidenta de la Sociedad Argentina de Ginecología Infanto Juvenil. Colposcopía y Papanicolao tal vez suenen a grandes intrusiones en los oídos de las chicas, pero "el espéculo con el que se realiza la colposcopía es un espejito pequeño y estrecho que se introduce unos pocos centímetros para entreabrir la vagina y mirar el cuello —dice Isso— y la muestra para el Papanicolao se obtiene con una varilla de algodón, cuando la paciente es virgen". Los beneficios del Pap son enormes, permite medir el nivel hormonal, saber si hay alguna infección y controlar la aparición del HPV, una infección que se contrae sexualmente y que en algunas cepas, puede transmutar las células en cancerígenas. El proceso del HPV es tan lento (más de diez años) que puede ser detectado y curado con intervenciones locales a partir de la sencilla medida de prevención que significa un Pap cada dos años.

A pesar de la libertad sexual que parece proclamar el lenguaje crudo y desvergonzado que exhiben las jovencitas, la sexóloga Gómez las cataloga como pudorosas y conservadoras a la hora de consultar en relación a sus experiencias sexuales: "ven al médico como un papá que las reta y no como un profesional que las tiene que asistir; no hablan de su sexualidad". Cuando lo hacen, el relato es vergonzoso. La falta de deseo, el dolor durante las relaciones y la falta de orgasmo no son llevados a la consulta, cuando son problemas que pueden hablarse desde un lugar científico, con profesionales que pueden aportar soluciones a las dificultades iniciales de la sexualidad.